Por Sergio Sinay
Señor Sinay: conocí el país cuando se sabía lo que está bien y lo que está mal; soy de 1938. Pienso que en los consorcios de propiedad horizontal (vivo en uno y soy miembro del Consejo de Administración) se refleja claramente por qué estamos como estamos como sociedad. Me interesaría mucho su reflexión sobre esto, sobre los motivos y la forma de cambiarlo (si es que existe). Me siento perdido en el desierto. Jose Luis Sanchez Jove.
Un viejo proverbio sostiene que cada casa es un mundo. Es cierto. Al no haber dos personas iguales, cualquier trama humana es única y, de algún modo, constituye un universo singular. Sin embargo, habría que agregar que cada hogar es un mundo en el mundo, no al margen de él. En cada hogar, ya que no es un punto desarraigado de la totalidad, ni en el tiempo ni en el espacio, se podrán encontrar reflejos del contexto en el cual ese hogar existe. Un consorcio de propiedad horizontal es, ni más ni menos, un conjunto de hogares.

Cada uno de ellos es único; juntos conforman una sociedad. En cada consorcio se podrá ver, entonces, cuál es el compromiso de sus habitantes con el bien y con los intereses comunes, cuál es la atención que cada quien presta a su vecino, con qué respeto se tratan los unos a los otros, cómo contribuyen (con presencia, con ideas, con trabajo) a crear un ámbito en el cual, en definitiva, todos vivan mejor, se vinculen mejor, tengan mejores condiciones para dedicarse a sus temas propios e intransferibles. Se podrá ver, en fin, el grado de empatía, de capacidad cooperativa y de responsabilidad que emana desde cada mundo particular hacia el mundo general, desde el mundo privado hacia el mundo colectivo.
Entiendo que a esto se refiere nuestro amigo José Luis al plantear su inquietud. Los valores de una sociedad, las metas que sus miembros comparten, los empeños que ponen para alcanzarlas, el tipo de vínculos que crean en esa tarea, la ética con que eligen convivir, se expresan en cada átomo de ella. Las sociedades solidarias, apegadas a valores humanistas antes que materialistas, comprometidas con generar una vida amable y nutricia para todos sus miembros, manifiestan estos valores en los mínimos hechos y espacios de convivencia cotidiana. Un consorcio, como un club, un lugar de trabajo, un aula, un vehículo de transporte, una excursión turística, cualquier ámbito en el que las personas se encuentren y convivan (por tiempos breves o prolongados) es, además de un fenómeno en sí mismo, una aproximación habitualmente fiel a la sociedad en que este fenómeno se da.
Una sociedad en la que el otro importa y no es un simple medio para usar o despreciar, en la que cada quien se hace cargo de su parte, no la deposita en otros y no busca culpables para las consecuencias de sus propias acciones, una sociedad en la que se cumple con los deberes al mismo tiempo (o antes) que se reclaman derechos, una sociedad en que las diferencias no se viven como afrentas ni se desprecia a quien opina distinto, gestará un estilo de vida y un tipo de vínculo humano fácil de detectar en cada espacio de convivencia. Por supuesto, también en los consorcios de propiedad horizontal, que hacen a la identidad de nuestras grandes ciudades.
Como una sociedad no es un ente abstracto, autogestado, sino la suma de sus componentes, los cambios verdaderos y profundos, los mejoramientos y empeoramientos que ella experimenta, no se dan desde lo general hacia lo particular, sino exactamente al revés. ¿Qué sociedad nos gustaría integrar? Sea cual fuere nuestra respuesta, es casi un deber moral vivir, en nuestra vida cotidiana, en cada pequeño acto de nuestra existencia, de acuerdo con aquella visión. No importa cuántos lo hacen. Importa hacerlo uno, si se quiere ser coherente con los propios valores y sueños. Una sociedad no cambia desde afuera (por manos extrañas) ni desde arriba (por presencias providenciales o mesiánicas). Cambia desde cada individuo, desde cada hogar.
Un consorcio no será mejor lugar para vivir por obra de un administrador, de un encargado, de una ley municipal o de plomeros, electricistas o albañiles que se contraten llegado el caso. Todo eso puede ayudar, pero nunca sustituir a los principales protagonistas: quienes allí viven. Este espacio común puede ser, por qué no, un buen lugar en el cual empezar a diseñar la sociedad a la que aspiramos sin esperar que lo hagan otros.
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